Un cuento de escarmiento para Afganistán
Este artículo originalmente fue publicado en inglés el 29 de enero 2007 en el Boston Globe.
Mientras el
escándalo más significativo político en por lo menos una generación sacude las
bases de la democracia colombiana, la administración Bush aparece
paradójicamente haberlo escogido como un modelo para el futuro de Afganistán.
La semana
pasada, el Presidente Bush nombró a William Wood, embajador de Estados Unidos a
Colombia, para ser el próximo enviado principal del país en Kabul. Dos días
después, durante su visita en Bogota, el General Peter Pace, el presidente del
Conjunto de Jefes del Estado Mayor, exalto a Colombia como un ejemplo brillante
para el gobierno afgana.
Aunque las
luchas de varias décadas en Colombia contra el narcotráfico e insurgencias
ciertamente ofrecen lecciones para Afganistán, no son el camino al éxito
sugerido por la administración Bush. En cambio, las experiencias de Colombia
ofrecen cuentos de escarmiento para Afganistán mientras lucha contra el Talibán
resurgente y el comercio creciente de la heroína.
La primera
lección se encuentra en la crisis política por la cual está pasando Colombia.
El secreto público antiguo de las conexiones profundas entre la clase política
y directiva de Colombia y organizaciones paramilitares narco-terroristas ha, en
los últimos meses, empezado a desenredarse. Ordenes de captura han sido traídas
contra numerosos congresistas; varios políticos
a través del espectro político de Colombia han sido abiertamente vinculados a
los paramilitares del país y la investigación parece estar apenas empezando.
La semana
pasada, el primer líder paramilitar colombiano confesó su pasado asesino en el
esfuerzo del gobierno para desmovilizar las decenas de millares de combatientes
en el conflicto armado del país. Empezó a revelar detalles de años de
cooperación cercana entre los paramilitares, los militares colombianos, y líderes
locales, estatales, y nacionales.
La larga
lucha de Colombia contra narcotraficantes poderosos subraya la amenaza de estos
individuos y organizaciones ante las instituciones democráticas. Si Colombia,
un país con una tradición larga de democracia, ha sido afectada, el desafío
para la democracia novata afgana es aún más grande.
La
persistencia del narcotráfico colombiano, que se intensificó en los años
setenta y continúa a prosperar hoy, destaca la segunda lección que Colombia le
ofrece a Afganistán. La erradicación y esfuerzos
policiales solamente no son suficientes para llegar a la tierra prometida de
éxito. Si lo fuera, Colombia habría logrado controlar su problema de narcóticos.
Afganistán,
como Colombia, necesita entender la importancia de proporcionar las avenidas económicas
alternativas para los cultivadores de materias primas del comercio de drogas.
Necesitan también los países de consumo alrededor del mundo tomar una responsabilidad
más grande para tratar una crisis de salud pública dentro de sus fronteras que
causa y hace perpetuar el narcotráfico.
Desafortunadamente,
como se puede ver en la composición del aproximadamente $700 millones de ayuda
de EU a Colombia en cada uno de los últimos seis años, las alternativas
económicas y la inversión social a menudo obtienen un enfoque mediocre en la
estrategia contra-narcótico patrocinada por EU. Así mismo, los políticos en
Washington y otros lugares prefieren culpar al exterior y gastar dinero en fuerzas
anti-drogas que tratar adecuadamente la demanda en la ecuación del narcotráfico.
Las
limitaciones en la eficacia de erradicación son aún más pronunciadas en
Afganistán que en Colombia. Cultivos de amapolas, el alma de la vida de producción
de la heroína, es una cosecha anual que puede ser replantada fácilmente para
dar una útil cosecha poco después de una erradicación. La plaga de la
existencia de Colombia—la planta de coca—es por contraste una planta perenal
que requiere años de maduración para cultivar una cosecha productiva.
En
Colombia, los varios métodos utilizados para combatir una de las insurgencias que
a durado más tiempo en el mundo—las FARC—debe crear una pausa significativa
para Afganistán. Los esfuerzos de Colombia contra las FARC fueron obstruidos al
final de la década de los noventa cuando el gobierno colombiano cedió una zona inmensa
de su territorio al ejército rebelde en un esfuerzo fatal para empezar
negociaciones de paz. Con tal libertad, las FARC pudo montar la amenaza más
grande a la existencia del estado colombiano que ha podido organizar en sus más
de 40 años.
A su
crédito, el gobierno colombiano cambió de estrategia y ha comenzado a recobrar
la ventaja contra las FARC. Desafortunadamente para Afganistán, el Talibán ha
encontrado refugio en el territorio pakistaní. A menos que Afganistán obtenga
la cooperación improbable de Pakistán y esfuerzos sostenidos por parte de las
fuerzas de OTAN y EU en la frontera afgana-pakistaní, el Talibán podrá
beneficiar de la misma clase de libertad que ayudo a las FARC llegar a su nivel
más peligroso.
La colombianización de la política de EU ante Afganistán esta plagada con peligro, porque es poco claro que la política de EU ante Colombia ha tenido un gran éxito o que Colombia es el ejemplo brillante que la administración quisiera creer.
Dan
Restrepo es el director del Proyecto de
las Américas en el Center for American Progress.
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